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Al menos así se recoge en el Informe de Competitividad y Políticas Públicas en la Industria de Alimentación y Bebidas —impulsado por la Federación Española de Industrias de Alimentación y Bebidas (FIAB) con el apoyo del Ministerio de Agricultura, Pesca y Alimentación y elaborado por la consultora KREAB— que analiza el impacto de las políticas energéticas e innovación que tiene sobre la competitividad de las industrias del sector de alimentación y bebidas de seis países europeos con características similares: España, Francia, Alemania, Italia, Países Bajos y Polonia.

Políticas energéticas

El Informe destaca la estrecha relación que hay entre la productividad de la industria alimentaria con la marcha de las economías de los países analizados, concluyendo que los alimentos y bebidas son un engranaje para la economía europea, tanto por sus relaciones intersectoriales a través de su cadena de proveedores, como por la importancia estratégica de los productos que suministra.

Algunas de las políticas más destacadas para sostener la productividad de la industria se concentran en el ámbito energético y de la I+D+i, dos campos que impactan de manera relevante en las dinámicas del sector, por lo que la gestión de las políticas públicas en estos campos es determinante para favorecer al sector alimentario y a la economía en su conjunto.

“La fabricación de alimentos y bebidas es uno de los principales sectores de destino de la producción energética a nivel nacional. La industria requiere energía eléctrica y térmica en múltiples fases, como control del proceso de las instalaciones, calefacción, refrigeración y maquinaria, entre otros. En este contexto de alta demanda, la competitividad del sector está condicionada principalmente por la dependencia de las importaciones energéticas, así como por las medidas fiscales en esta área”, explican desde FIAB.

Según el Informe, el 75 % de los impuestos ambientales que soporta el sector alimentario europeo corresponde a la energía, y España Italia y Francia serían los países donde más se ha incrementado esta tasa en los últimos diez años. Además, se destaca la necesidad de contar con un sistema energético menos dependiente de los combustibles fósiles. Alcanzar la soberanía energética disminuirá la exposición del país a las variaciones de los mercados internacionales de combustibles, aumentando así su resiliencia frente a los cambios internacionales y mejorando su competitividad en el contexto global.

Políticas de innovación

El estudio, además, toma como referencia las políticas en innovación y concluye que los países que cuentan con mayor inversión en I+D en la industria de alimentación y bebidas presentan a su vez mayores tasas de productividad y empleo cualificado. Es el caso de Polonia y Países Bajos, donde el impacto positivo del apoyo a la I+D, además de estimular la actividad económica a corto plazo, mejora la productividad del sector a largo plazo. Por el contrario, el estudio señala el cada vez menor peso de los estímulos públicos en innovación sobre el total de la inversión en países como España, Italia, Francia y Alemania.

Pero más allá del retorno para la propia industria, el estudio señala el impacto positivo de las actividades de innovación del sector en su entorno económico, social y ambiental. De hecho, según un estudio de la OCDE, cada euro invertido en I+D genera un beneficio privado de 0,3 euros para las compañías que llevan a cabo el proceso innovador, mientras que esta cantidad se multiplica por cuatro cuando se mide el retorno social de la inversión en I+D.

La entrada Sobre el impacto de las políticas energéticas y de innovación en la competitividad de la industria alimentaria aparece primero en Diario de Gastronomía: Cocina, vino, gastronomía y recetas gourmet.